En un pueblo perdido entre montañas y bosque, donde las nieblas matutinas se aferran a los techos de paja como almas inquietas, vivía Élodie. Su nombre, antes susurrado con ternura, ahora se pronunciaba con miedo. Los aldeanos decían que había abierto una puerta que ningún mortal debería cruzar.
Todo comenzó con sueños. Sueños en los que una voz, profunda y suave como miel envenenada, le hablaba en la oscuridad. « Élodie… » Se despertaba sobresaltada, con el corazón acelerado, la piel fría y sudorosa. Luego vinieron las señales: objetos que se movían solos, espejos que reflejaban una sombra detrás de ella, noches en las que su cuerpo se retorcía, agitado por una fuerza invisible. Los sacerdotes del pueblo intentaron exorcismos, trazando cruces en su frente, entonando oraciones antiguas. Pero Zool se reía. Se reía a través de su boca, una risa áspera y triunfal, mientras sus ojos, antes claros como el agua de manantial, se oscurecían hasta volverse tinta, sin fin y sin pupila.
Una tarde de invierno, cuando la luna estaba velada por nubes de nieve, Élodie desapareció. Fue encontrada en el corazón del bosque, de pie en medio de un círculo de piedras negras, su cabello extendido como un estandarte de batalla. Ya no hablaba, pero su voz resonaba, distorsionada, como si mil bocas susurraran a través de la suya. « Vine para quedarme, » dijo ella —o más bien, él dijo—. « Ahora es mía. » Y cuando los aldeanos, armados con antorchas y cruces, se atrevieron a acercarse, ella levantó los brazos, y el viento aulló, apagando las llamas, doblando los árboles como cañas en una tormenta. « No podéis hacer nada contra mí, » gruñó ella —o más bien, él gruñó—. « Ahora me pertenece. » Y mientras los aldeanos retrocedían aterrorizados, Élodie —o lo que quedaba de ella— soltó una risa que ya no era humana.
Desde ese día, dicen que en las noches de luna nueva, una figura deambula por el bosque. Una mujer con ojos vacíos, vestida con harapos blancos, murmurando palabras en una lengua olvidada. Algunos dicen que busca un alma para reemplazar la suya, devorada por Zool. Otros susurran que no es más que un recipiente roto, un contenedor para algo mucho más antiguo, mucho más oscuro.
Y si escuchas con atención, cuando el viento susurra entre las ramas, quizá puedas oír risas. Risa que no pertenece a este mundo.
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