Wake up the Mountain
En un pueblo escondido entre nubes y brumas eternas, donde el tiempo parecía haberse dormido, vivía un viejo mago con ojos tan profundos como los abismos de la tierra. Sus manos, retorcidas como las raíces de robles ancestrales, temblaban ligeramente cada vez que hojeaba su grimorio de cuero gastado. Los aldeanos lo llamaban Maestro Silvestre, pero nadie conocía su verdadero nombre, perdido en el laberinto de los siglos.
Una tarde de otoño, mientras el viento susurraba secretos antiguos a través de los valles, el mago sintió una llamada lejana, casi imperceptible. No era una voz, ni un sonido, sino una vibración que surgía de las entrañas de la montaña que dominaba el paisaje. La Montaña Durmiente, como la llamaban, había estado inactiva durante generaciones, envuelta en un silencio tan denso que uno habría pensado que nunca estuvo viva. Sin embargo, esa noche, respiró.
Silvestre encendió una vela de cera negra, tallada de la resina de pinos sagrados, y trazó un círculo de sal a su alrededor. De su morral, sacó un puñado de tierra recogida al pie de la montaña, hojas secas de edelweiss y una lágrima de cristal que había recolectado en una cueva olvidada. Comenzó a cantar con una voz ronca y poderosa, palabras que parecían pertenecer a un idioma olvidado por los hombres hace mucho tiempo. Las runas talladas en el suelo brillaron con una luz azulada, y el aire crujió de energía.
« Oh tú, que duermes bajo las estrellas y los siglos, Despierta, recuerda tu aliento y tu ira. Que la piedra recuerde la lava, Que el silencio se rompa en mil pedazos de trueno. »
Un escalofrío recorrió la tierra. Los pájaros enmudecieron. Los árboles inclinaron sus ramas como si escucharan. Luego, un rugido profundo, casi imperceptible, surgió de las profundidades. La montaña tembló. Grietas partieron sus flancos, y un resplandor rojizo atravesó la oscuridad, como un párpado que se abre tras un sueño eterno.
Los aldeanos, despertados sobresaltados, salieron de sus casas con los ojos muy abiertos. Algunos cayeron de rodillas, otros huyeron al bosque. Pero Silvestre permaneció inmóvil, con los brazos alzados hacia el cielo, mientras la montaña se erguía, sacudiéndose su manto de nieve y roca. Un rugido ensordecedor rasgó la noche, y una columna de fuego estalló desde la cumbre, iluminando el valle con luz cegadora.
La montaña ya no dormía. Respiraba. Vivía. Y el mundo, por primera vez en siglos, tembló bajo su mirada.





























































