En un pueblo olvidado entre montañas brumosas y bosques de cedros, donde el viento susurra leyendas antiguas, vivía Yuito, el último samurái de un clan olvidado. Su alma era tan afilada como la hoja de su katana, forjada por los dioses en el fuego de estrellas fugaces. Los años habían grabado líneas en su rostro, pero sus ojos seguían claros como el agua de un arroyo de montaña, reflejando una sabiduría que solo el tiempo puede tallar.
Cada mañana, Yuito se paraba sobre la antigua piedra plana, mirando al este, esperando que el sol atravesara las nubes. Meditaba sobre el bushido, el código que había guiado su vida: lealtad, honor, respeto. Sin embargo, el mundo a su alrededor había cambiado. Los shogunes se habían ido, reemplazados por señores de ropa de seda y palabras huecas. Los jóvenes del pueblo ya no soñaban con gloria en la batalla, sino con riquezas lejanas, en ciudades donde el metal y el humo gobernaban.
Un día, un rumor llegó hasta él: un daimyo cruel, ebrio de poder, había decidido arrasar los bosques sagrados para construir fábricas. Esos árboles, testigos silenciosos de juramentos y batallas, iban a caer bajo el hacha de los hombres. Yuito sintió que su corazón se apretaba. Sabía que su momento había llegado.
Sin decir una palabra, se puso su armadura de cuero gastada, tomó su katana y partió. El viaje fue largo, y cada paso le recordaba batallas pasadas. Cuando llegó frente al palacio del daimyo, una multitud de hombres armados con rifles se burló de él. "¡Un viejo tonto con una espada!" se mofaron. Pero Yuito no tembló. Sabía que la verdadera fuerza no residía en el acero ni en la pólvora, sino en un espíritu indomable.
El combate fue breve. Las balas silbaban, pero ninguna tocó al samurái. Bailó entre los disparos, su katana trazando arcos mortales en el aire. Uno a uno, los guardias cayeron, desarmados por la gracia y la precisión de un hombre que no tenía nada que perder. Cuando se enfrentó al daimyo, el hombre, pálido de miedo, le ofreció montañas de oro. Yuito sonrió, triste y sereno. "No lucho por oro, sino por el honor de quienes ya no pueden luchar."
Con un último movimiento, golpeó con su espada. El palacio quedó en silencio. Yuito, herido, se derrumbó cerca de un cerezo en flor. Mientras la vida lo abandonaba, vio un águila surcando el cielo con libertad. "Por fin, paz..." susurró, mientras los pétalos rosados caían como lágrimas sobre su armadura.
Cuando los aldeanos llegaron, encontraron el cuerpo de Yuito, rodeado por una luz dorada. A su lado, su katana, clavada en la tierra, llevaba una inscripción: "La hoja nunca muere, mientras un corazón puro la recuerde."
Desde ese día, se dice que el espíritu de Yuito vela por el bosque. Y a veces, cuando el viento sopla justo, aún se puede escuchar el canto de una espada elevándose hacia el cielo.
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