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En un pueblo olvidado entre las montañas brumosas del Japón feudal, donde los cerezos lloraban pétalos rosados al viento, vivía un samurái llamado Nagi. Su nombre significaba "calma", pero su alma estaba tan atormentada como las olas embravecidas del Mar del Norte. Había jurado nunca volver a desenvainar su espada tras ver derramarse demasiada sangre entre sus dedos, demasiadas vidas desvanecerse bajo el peso de su deber.

Nagi vagaba ahora como una sombra, vestido con harapos grises, su katana oxidada atada a la espalda con una cuerda desgastada. Los campesinos le temían, los niños susurraban que estaba maldito, y los ancianos decían que cargaba con el peso de las almas que no pudo salvar. Sin embargo, cada mañana se dirigía al borde del río Shirokawa, donde el agua clara reflejaba un cielo a menudo velado por nubes. Allí meditaba, con los ojos cerrados, escuchando el murmullo de la corriente, que parecía recordarle palabras olvidadas.

Un día de otoño, mientras las hojas de arce bailaban en el aire como llamas rojas, una joven llamada Aya llamó a la puerta de su humilde hogar. Llevaba en brazos a un niño tembloroso, los ojos llenos de miedo. "Han vuelto", susurró. "Los bandidos del clan Kuroi. Quemaron nuestra aldea, mataron a mi esposo. Llegarán antes del anochecer." Nagi permaneció en silencio, las manos sobre las rodillas, la mirada perdida en la distancia. Sabía lo que su código exigía de él: proteger a los débiles. Pero también sabía lo que su corazón, cansado de la violencia, le gritaba: huir, una vez más.

Cayó la noche, pesada y silenciosa. Las antorchas de los bandidos aparecieron a lo lejos, como luciérnagas malignas. Nagi se levantó por fin, desató lentamente la cuerda que sujetaba su espada. La hoja, aunque oxidada, brilló débilmente bajo la luna, como recordando su gloria pasada. Cuando los hombres del clan Kuroi invadieron el pueblo, encontraron a Nagi de pie en medio de la plaza, inmóvil, como una roca frente a la tormenta. El líder de los bandidos, un gigante con cicatrices profundas, estalló en risas. "¿Un viejo samurái sin amo? ¡Morirás sin honor!"

Nagi no respondió. Cerró los ojos, respiró hondo, y cuando los abrió de nuevo, ya no era un hombre quien estaba frente a ellos, sino una tormenta. Su espada cantó una melodía mortal, cada movimiento preciso, cada golpe ejecutado con una gracia terrible. Los bandidos cayeron uno tras otro, sus gritos perdidos en el viento. Cuando el último se derrumbó, Nagi permaneció allí, sin aliento. Miró sus manos, una vez más manchadas, y comprendió que nunca podría escapar de su destino.

Al amanecer, Aya y el niño habían desaparecido. Solo un pequeño saco de arroz y una flor de camelia blanca habían sido dejados a su puerta. Nagi los tomó, se arrodilló y lloró por primera vez en años. Sabía que nunca encontraría paz, pero quizá, solo quizá, aún podría encontrar una razón para luchar.

Samurai Nagi

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