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En el corazón de un Japón dividido entre la tradición y la modernidad, donde los cerezos lloraban sus pétalos sobre los tejados de Kioto, vivía Haru, el último samurái. Su nombre significaba "primavera", pero su alma llevaba el invierno de los arrepentimientos y las promesas rotas. Caminaba por las estrechas calles, su katana a su lado, su hoja tan fría como el silencio que lo rodeaba. Los tiempos habían cambiado: los shogunes se habían ido, las espadas se oxidaban a la sombra de las armas de fuego, y los hombres preferían ahora el ruido de las máquinas a la sabiduría de los antiguos.

Haru no había elegido este mundo. Había nacido bajo el signo del honor, criado en el arte de la espada y la poesía de la batalla. Pero los vientos de la era Meiji soplaban con fuerza, arrastrando los códigos que habían moldeado su existencia. Las calles, antes tranquilas y respetuosas, ahora bullían con comerciantes y soldados vestidos con uniformes occidentales. Las miradas que recibía estaban teñidas de lástima o desprecio. "Un reliquia del pasado", susurraban los jóvenes, ansiosos por pasar la página.

Una tarde de otoño, mientras las hojas rojas bailaban como llamas bajo la luna, Haru recibió una carta. Un pergamino amarillento, sellado con un emblema familiar: el de su antiguo maestro, el anciano sensei Takeda, quien lo había entrenado en el arte del kenjutsu. "Ven, Haru. Es hora de devolver lo que has recibido." Estas palabras, escritas con caracteres temblorosos, resonaron como un llamado del destino.

El viaje hasta el templo abandonado, escondido en las montañas de Nara, fue largo. Haru caminó descalzo sobre las piedras frías, con el corazón pesado. Dentro, la tenue luz reveló la silueta encorvada de Takeda, sentado en seiza frente a un altar. "Has venido", dijo simplemente, sin girarse. "Sabía que entenderías."

"¿Qué hay que entender, sensei?", preguntó Haru, con la voz ronca.

"El fin de una era, Haru. Y el nacimiento de otra." Takeda se giró finalmente, su rostro arrugado iluminado por la luz titilante de las velas. "Vendrán por mí mañana. Hombres sin alma, armados con hierro y odio. Quieren borrar incluso el recuerdo de lo que fuimos."

Haru apretó la empuñadura de su katana. "Entonces lucharemos."

"No." Takeda sonrió con tristeza. "Tú lucharás, Haru. Pero no por mí. Por el honor. Para demostrar que un samurái no muere, trasciende." Le entregó a Haru un pergamino de seda antigua y gastada. "Tómalo. Esta es la última lección: el camino de la espada no está en la victoria, sino en la belleza del gesto."

Al amanecer, llegaron los soldados. Haru los esperaba, de pie en medio del patio, su kimono blanco ondeando como una bandera de rendición. Solo golpeó una vez. Una vez fue suficiente para que los dioses recordaran. Al caer su cuerpo, su sangre trazó un ideograma perfecto en la tierra: "bushido".

Los soldados se marcharon en silencio, sin entender lo que habían presenciado. Pero en las montañas, el viento susurraba una leyenda: la del último aliento del samurái Haru, que había elegido morir como poeta en lugar de como guerrero.

Samurai Haru

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