En un pueblo perdido entre montañas brumosas y un mar embravecido, donde el viento susurra leyendas antiguas, vivía un samurái llamado Dan. No era el más temido ni el más famoso, pero su alma llevaba el peso de un juramento olvidado. Su espada, forjada por las manos de un maestro desaparecido, brillaba tenuemente bajo la luna, como si guardara los secretos de generaciones pasadas.
Cada mañana, Dan cruzaba el puente de madera que atravesaba el río de aguas negras. Se detenía, escuchaba el agua golpeando las rocas y recordaba. Recordaba batallas que nunca tuvieron lugar, enemigos a los que nunca enfrentó y victorias que nunca ganó. Porque Dan era un soñador, un hombre obsesionado con la idea de un honor que solo le pertenecía a él.
Un día, llegó un extraño al pueblo. Vestía una armadura gastada y sus ojos reflejaban el cansancio de un largo viaje. Buscaba a un guerrero que pudiera enseñarle el arte de la espada, no para matar, sino para entender. Intrigado por esta búsqueda inusual, Dan aceptó instruirlo. Pasaron semanas, y el extraño aprendió a sostener la espada, a respirar con ella, a sentir su alma. Pero lo que realmente deseaba era entender por qué Dan, a pesar de su maestría, nunca luchaba.
Una tarde, cuando el cielo ardía en púrpura y oro, el extraño preguntó: — ¿Por qué nunca desenvainas tu espada, maestro Dan? Dan sonrió, su mirada perdida en el horizonte. — Porque la verdadera batalla, dijo, no es contra los demás, sino contra uno mismo. Mi espada ya está desenvainada, cada día, en el silencio de mi corazón.
El extraño no lo entendió al principio. Pero con el tiempo, se dio cuenta de que Dan había elegido un camino más difícil que la gloria: el camino de la paz interior. La espada de Dan no cortaba carne, sino ilusiones. No defendía un reino, sino la misma idea de humanidad.
Una mañana, el extraño se fue, llevándose consigo no la técnica de un guerrero, sino la sabiduría de un hombre que había aprendido a vivir sin luchar. Dan permaneció en el puente, como cada día, escuchando la canción del río. Sabía que su verdadera batalla estaba allí, en la espera silenciosa de algo que, quizá, nunca llegaría.
Y así, Dan se convirtió en leyenda, no por las batallas que había librado, sino por las que se había negado a pelear.
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