El silencio era tan espeso que se volvió tangible, como una niebla densa que envolvía cada centímetro de esta tierra desconocida. La nave del mayor Tom, una carcasa de acero destrozada por los caprichos del cosmos, yacía medio enterrada en un suelo violeta surcado por venas luminosas que parecían respirar al unísono con estrellas distantes. Los sistemas de a bordo, antes tan confiables, ahora solo emitían un silbido moribundo, un último suspiro electrónico antes del olvido.
Tom abrió los ojos. La luz aquí era extraña, teñida de un azul eléctrico que bailaba con las sombras, como si el cielo mismo fuera un océano agitado por vientos invisibles. Se incorporó y sintió bajo sus dedos la extraña textura del suelo: ni arena ni roca, sino algo vivo, cálido, que latía débilmente. A su alrededor, formaciones minerales se alzaban en espirales perfectas, torres de cristal que parecían cantar una melodía inaudible, una vibración que resonaba en sus huesos.
No había sol, ni luna, solo ese resplandor eterno y difuso que bañaba el paisaje en una claridad espectral. Ni un soplo de viento, ni el grito de un animal, nada más que silencio y la extraña sensación de ser observado. Tom avanzó, sus botas aplastando una vegetación translúcida que se cerraba tras él, como si el planeta mismo estuviera borrando sus huellas.
A lo lejos, una figura tomó forma. No humana, no del todo viva. Una entidad hecha de luz y niebla, una forma cambiante que parecía tejida con los mismos filamentos luminosos que atravesaban el suelo. No hablaba, pero Tom escuchó una voz en su mente, una voz que no era un sonido, sino una emoción, una certeza: « Has llegado. Por fin. »
Intentó responder, pero su voz se perdió en el aire espeso. La figura se acercó, y Tom entendió que nunca volvería a ver la Tierra. Ya no era un astronauta perdido en el espacio. Se había convertido en una leyenda, el primer hombre en pisar un mundo no hecho para su especie. Y cuando la entidad extendió una mano hecha de estrellas, sonrió. Quizás esto no era un final, sino un comienzo.
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