Nénuphars
Profundo en un bosque donde los árboles se alzan como las columnas de una catedral olvidada, donde la luz del sol apenas se filtra en destellos dorados y tímidos, yace un lago silencioso. Sus aguas, oscuras y misteriosas, apenas reflejan el cielo, como si celosamente guardaran sus secretos. Pero en su superficie, los nenúfares bailan.
Están allí, inmóviles pero vivos, sus hojas redondas y verdes flotando con gracia silenciosa. Cada nenúfar es una pequeña isla, un refugio para los sueños de las libélulas y las confesiones de las ranas. Sus flores, blancas o rosadas, se abren por la mañana como manos que se alzan hacia el cielo y luego se cierran suavemente al atardecer, llevándose los últimos rayos de luz.
Cuando el viento se atreve a aventurarse aquí, acaricia sus pétalos y hace temblar el agua. Círculos concéntricos nacen, se extienden y desaparecen, como recuerdos que se desvanecen. A veces, una brisa más atrevida levanta una hoja, revelando un mundo submarino donde los peces se deslizan entre los tallos, indiferentes al paso del tiempo.
Nadie viene nunca a perturbar este lugar. Los humanos han olvidado el camino, y las criaturas del bosque prefieren claros más accesibles. Solo una garza vieja, solitaria y sabia, a veces se queda al borde del agua, observando los nenúfares con infinita paciencia. Sabe que cada flor es una historia, cada hoja un poema escrito por la naturaleza.
Y cuando cae la noche, los nenúfares se duermen, mecidos por el canto de los grillos y el susurro de las hojas. El lago se convierte en un espejo una vez más, esta vez reflejando las estrellas, como para recordarnos que incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay un destello de esperanza.





























































