Encaramado en las brumosas alturas del Rin, el castillo de Drachenfels se alza como una cicatriz en el paisaje, sus esbeltas torres perforando las nubes bajas. Abandonado desde finales del siglo XIX, no es famoso por sus fantasmas, sino por el bodegón que cuelga en el gran salón.
Representa un ramo de digitales moradas, sus campanas dobladas como si soportaran el peso de un viento invisible. Según la leyenda, la última condesa de Drachenfels, una mujer tan hermosa como cruel, mandó hacer este cuadro el día en que su amante se quitó la vida, envenenado por estas mismas flores. Desde entonces, los pétalos nunca se marchitan. Peor aún: se mueven. Los sirvientes que se atrevieron a limpiar el salón juraban haber visto los tallos extendiéndose hacia ellos, como dedos ávidos. Un jardinero, enloquecido de terror, afirmaba que las flores respiraban por la noche.
En 1923, un joven historiador del arte llamado Friedrich llegó para estudiar el cuadro. Pasó tres noches en el castillo, anotando meticulosamente cada detalle. La última anotación en su cuaderno fue un boceto apresurado: las digitales, escapando del marco, rodeando su cama. Su cuerpo nunca fue encontrado. Solo una página arrancada, pegada en la parte trasera del cuadro, contenía estas palabras, garabateadas con prisa: « Me tocaron. Ahora soy parte del ramo. »
Desde entonces, en las noches de luna llena, se dice que las flores del cuadro cobran vida, sus campanas tañendo suavemente en el silencio del castillo. Y a veces, al amanecer, aparece una nueva digital al pie del marco… como si la colección estuviera creciendo.
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