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En la espesa niebla de Londres, donde las farolas de gas parpadeaban como velas moribundas, una sombra silenciosa deambulaba. Lucifer, un gato negro de ojos ámbar, merodeaba por las calles empedradas de Whitechapel, su pelaje absorbiendo la luz de los faroles como un presagio. Los lugareños susurraban que no era un felino ordinario, sino un guía, un espectro de cuatro patas condenado a vagar entre mundos. Algunos decían que había sido maldito por una bruja del muelle; otros afirmaban que nació en una noche sin luna, marcado por el destino.

El otoño de 1888 fue un tiempo de terror. Los periódicos gritaban los nombres de las víctimas de Jack el Destripador, y las noches olían a sangre y miedo. Lucifer observaba. Aparecía cerca de los cuerpos, inmóvil, sus ojos brillando como brasas en la oscuridad. Las almas perdidas, arrancadas de la vida en un destello de violencia, lo veían antes de desvanecerse. Un roce de su pata, una mirada, y sentían una extraña paz invadirles. Nunca maullaba. Simplemente esperaba.

La leyenda decía que Lucifer no elegía a quienes protegía. Simplemente estaba allí cuando la muerte llegaba demasiado pronto, demasiado violentamente. Las mujeres de Whitechapel, olvidadas por la sociedad, susurraban que las guiaba hacia una luz suave, lejos de las pesadillas de la tierra. Los policías supersticiosos evitaban cruzar su camino. Un sargento, en un estupor ebrio, juró haberlo visto caminar junto a una sombra femenina donde acababan de encontrar una nueva víctima. A la mañana siguiente, renunció.

Cuando llegó el invierno, los asesinatos cesaron. Jack el Destripador se desvaneció en las brumas de la historia, y Lucifer con él. Algunos dicen que aún deambula por los callejones oscuros de Londres, esperando a la próxima alma perdida. Otros afirman que nunca existió, que solo era un cuento para aliviar el miedo.

Pero a veces, cuando el viento aúlla entre los edificios derruidos y la luna está velada, aún se puede escuchar el suave golpe de una pata en los adoquines. Y si escuchas con mucha atención, podrías oír un susurro: « Estoy aquí. No estás solo. »

Lucifer

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