En las colinas doradas besadas por el sol poniente, donde el viento susurra secretos ancestrales a la hierba salvaje, vivía un pastor llamado Elías. Sus días transcurrían al lento ritmo de las estaciones, entre el balido de las ovejas y la complicidad silenciosa de las montañas. Pero una tarde, mientras las sombras se extendían como dedos cansados sobre la tierra, Elías contó su rebaño y sintió que el corazón se le encogía: faltaba una oveja, la más joven, la más frágil, aquella cuyos ojos siempre reflejaban una curiosidad insaciable.
Sin dudarlo, tomó su bastón nudoso, el que había soportado el peso de tantos años, y se adentró en la noche que caía. Una a una, las estrellas encendieron sus lámparas celestiales, guiando sus pasos por los senderos escarpados. Llamó a la oveja por su nombre, Luz, porque siempre parecía buscar claridad, incluso en los rincones más oscuros del valle.
Pasaron horas. Elías cruzó bosques donde los árboles susurraban leyendas olvidadas, escaló rocas cubiertas de musgo y descendió a barrancos donde el agua fluía como una risa ahogada. La luna, cómplice silenciosa, iluminaba su camino, pero el cansancio comenzó a pesar en sus miembros. Sin embargo, no se detuvo. Porque un pastor, ya sabes, nunca deja atrás a una oveja.
Al amanecer, cuando el cielo se teñía de rosa y oro, por fin la divisó. Luz estaba atrapada entre dos rocas, sus patas temblaban, su vellón enredado en zarzas. Lo miró, y en sus ojos Elías vio todo el miedo del mundo, pero también una confianza absoluta. Con manos pacientes, la liberó, la abrazó cerca y sintió latir su pequeño corazón al compás del suyo.
El regreso fue largo. El sol ya se alzaba, dorando las crestas y calentando sus cuerpos cansados. Cuando llegaron al redil, las otras ovejas balaron de alegría, como si cantaran su alivio. Elías se sentó en una piedra, Luz acurrucada contra sus rodillas, y comprendió que este viaje no había sido en vano. Porque a veces, buscar lo perdido es también encontrarse a uno mismo.
Y hasta el día de hoy, cuando el viento sopla entre las colinas, dicen que lleva consigo el murmullo de una historia: la de un pastor que fue a buscar una oveja perdida y regresó con mucho más de lo que había esperado.
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