En las sombras de los callejones de Sevilla, donde los muros aún llevaban las cicatrices de balas y silencios forzados, vivía una mujer conocida como Lady Bird. No era su nombre real, sino el que ganó por el cuervo tatuado en su hombro izquierdo, con las alas extendidas como si abrazara una libertad que les había sido negada. Sus ojos, oscuros y profundos, parecían guardar los secretos de todas las penas del mundo, y sin embargo, cuando bailaba, era como si el mismo viento contuviera la respiración.
Cada tarde, en una taberna llena de humo con paredes amarillentas por el tiempo y la nicotina, aparecía. Las guitarras comenzaban a llorar, sus tacones golpeaban el suelo en un ritmo desafiante, y por unos momentos, el mundo olvidaba su miedo. Bailaba flamenco no como le habían enseñado, sino como si cada movimiento fuera un acto de rebeldía. Sus brazos trazaban historias de resistencia en el aire, sus pies golpeaban la tierra con desafío, y su voz, áspera y poderosa, cantaba cantes prohibidos: canciones de amores perdidos, tierras robadas y sueños destrozados.
Hombres de la Guardia Civil pasaban a veces por la puerta entreabierta, con miradas cargadas de sospecha. Pero nadie se atrevía a detenerla. Quizás porque, en esa España gris doblada bajo el yugo de Franco, incluso los opresores temían la magia de las cosas que no podían controlar. Lady Bird no tenía miedo. Sabía que cada quejío que enviaba al cielo era una espina en el costado del régimen.
Una noche de invierno, mientras la niebla envolvía la ciudad como un sudario, un joven entró en la tabanca. Llevaba una chaqueta gastada y un cuaderno de poemas en el bolsillo. Se sentó al fondo, con las manos temblorosas, y la observó. Ella bailó para él como nunca antes lo había hecho, como si supiera que era uno de los suyos: un soñador, un resistente. Al final de la noche, le deslizó un papel en la mano: « Vienen mañana. Huye. »
Ella no se fue.
Al día siguiente, la taberna estaba en silencio. Las guitarras enmudecieron, los vasos permanecieron llenos. Se dijo después que Lady Bird había bailado una última vez, frente a los soldados que vinieron a arrestarla. Se había reído en la cara del capitán, luego comenzó a cantar una soleá tan desgarradora que hasta los muros temblaron. Nunca más se supo de ella.
Pero a veces, cuando el viento sopla por Sevilla y las sombras se alargan, dicen que aún se puede escuchar el chasquido de sus castañuelas, como un eco de la luz que se atrevió a encender en la oscuridad.
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