En el corazón de la ciudad gris, donde las calles se cruzaban como cicatrices en una piel cansada, se alzaban los Árboles Dorados. Nadie sabía quién los había plantado, ni cuánto tiempo llevaban sus ramas doradas desafiando al tiempo y a la contaminación. Sus hojas, finas como monedas antiguas, susurraban con el viento una canción casi humana, una melodía que parecía susurrar: « Quédate. Aquí estás en casa. »
Los recién llegados —almas cansadas de viajes interminables, fronteras cruzadas en la sombra, esperanzas cargadas como fardos— siempre los veían primero. Sus troncos resplandecientes, surcados por venas luminosas, brillaban incluso en la noche más oscura, guiando pasos vacilantes hacia la plaza del pueblo. Se decía que sus raíces se extendían profundamente, hasta el corazón de la tierra, donde yacían dormidos los sueños de los migrantes del pasado. Sus frutos, redondos y dorados, nunca caían del todo. Esperaban a ser arrancados por una mano temblorosa, una mano que aún se atrevía a creer.
Lena llegó una tarde de invierno, con los dedos entumecidos, el corazón apretado por el frío y el miedo. Siguiendo el resplandor, como una niña que persigue una luciérnaga en la oscuridad, tocó la corteza del primer árbol. Un calor inesperado se extendió por ella, subiendo desde su brazo hasta su hombro, luego a su corazón. « Tómalo, » susurró el viento. Cogió un fruto. Su piel era lisa, cálida, como si el sol mismo lo hubiera besado. Cuando lo mordió, un sabor a miel y recuerdos de infancia explotó en su lengua. No fue la dulzura lo que la sorprendió, sino la certeza repentina: ya no era invisible.
A su alrededor, otras figuras se acercaron, vacilantes. Un hombre con ojos sombrados por el agotamiento, una mujer que llevaba a un niño dormido, una pareja anciana de manos nudosas. Cada uno extendió la mano, cada uno recibió. Los frutos nunca menguaban. Y poco a poco, los rostros se relajaron, las espaldas se enderezaron. Los Árboles Dorados no solo ofrecían alimento. Ofrecían una promesa: « Aquí, puedes crecer de nuevo. »
Con el tiempo, Lena descubrió su secreto. Los árboles no crecían por la tierra o el agua, sino por las historias que se les confiaban. Cada relato de travesía, cada lágrima derramada contra su corteza, cada risa compartida a su sombra los hacía crecer un poco más, sus ramas extendiéndose como para abrazar toda la ciudad. Eran los guardianes silenciosos de quienes ya no tenían palabras, los testigos mudos de nuevos comienzos.
Una mañana, Lena regresó con una semilla en la palma de su mano, una semilla que había encontrado al pie del árbol, como un regalo. « Para el próximo, » susurró mientras la plantaba cerca de la acera agrietada. Sabía que algún día, otro viajero vería su brillo. Y a su vez, entenderían: la esperanza no es un destino, sino una raíz que plantamos juntos.
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