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En la cuna turquesa de las Antillas, donde el mar baila con el cielo y los vientos alisios susurran secretos ancestrales, vivía una mujer cuya voz era más suave que el susurro de las palmeras en la brisa. Su nombre era Lumina. Su nombre, como su presencia, iluminaba las noches tropicales, y su voz, clara y cálida, parecía tejida con los hilos dorados del sol poniente y las lágrimas saladas del océano.

Lumina no era solo una cantante. Era el alma de las islas, aquella que hacía vibrar los corazones al ritmo de tambores distantes y guitarras apoyadas en las rodillas de los ancianos. Cuando cantaba, las olas se calmaban para escuchar, los pájaros enmudecían, e incluso la luna, celosa, a veces se velaba tras una nube para no ser eclipsada por tanta belleza.

Una tarde, mientras el cielo ardía en tonos púrpura y naranja, Lumina se encontraba en la playa de Anse-Noire, sus pies descalzos en la arena aún cálida del día. Llevaba un vestido blanco, ligero como la espuma del mar, y su cabello, negro como la noche antillana, caía sobre sus hombros en rizos salvajes. Esa tarde, cantó una canción de cuna para las estrellas, una antigua melodía que su abuela le había enseñado, una mujer que había llegado de África hacía mucho tiempo, portando canciones y sueños inquebrantables.

Los aldeanos se habían reunido a su alrededor, en silencio, como siempre hacían cuando ella ofrecía su voz al viento. Los niños, sentados en la arena, escuchaban con los ojos muy abiertos, mientras los ancianos cerraban los suyos, llevados por recuerdos que solo la música de Lumina podía despertar. Cantó sobre el amor, el dolor, la esperanza, todo lo que hace latir los corazones de los hombres y los dioses.

Pero esa tarde, algo era diferente. Una sombra planeaba sobre la reunión, una presencia invisible que parecía suspender el tiempo. Algunos decían que era el aliento de los ancestros; otros susurraban que los espíritus del mar habían venido a escuchar. Lumina no veía nada. Cantaba, sus ojos fijos en el horizonte, como si llamara a alguien o algo más allá de las olas.

Y de repente, mientras su voz se elevaba en una nota cristalina, una luz dorada emanó de ella, envolviendo la playa en una suavidad sobrenatural. Las olas, como en respuesta, comenzaron a brillar, y una figura emergió del agua. Era un hombre, o quizá un dios; nadie lo supo nunca con certeza. Caminó hacia ella, dejando atrás un rastro de espuma plateada. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, extendió su mano, y Lumina, sin dudar, puso la suya en la de él.

Juntos, desaparecieron en la noche, llevados por la canción y el mar. Al amanecer, todo lo que quedó de ella fue una concha nacarada, yaciendo en la arena, de la cual aún podía escucharse el murmullo de una melodía eterna para quienes escuchaban con atención.

Lumina, la cantante más hermosa de las Antillas, nunca se fue del todo. Se convirtió en leyenda, un suspiro, una nota musical perdida en la inmensidad del tiempo.

Dania de France

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