Muy por encima de las montañas y los bosques, donde el aire se vuelve delgado y el silencio es infinito, flotaba una nube como ninguna otra. Se llamaba Orionis, la Nube de Orión. No era blanca ni gris como sus hermanos fugaces, sino teñida de un azul profundo, surcada por reflejos dorados que parecían bailar al ritmo de los vientos celestiales. Los antiguos decían que estaba tejida con los hilos que dejan las estrellas fugaces, esos viajeros apresurados que cruzan la noche, dejando rastros de luz y sueños inacabados.
Orionis no simplemente flotaba a la deriva. Elegía su camino. Mientras otras nubes se aferraban a las corrientes, ella se deslizaba entre constelaciones como una bailarina en un escenario cósmico. A veces, se detenía cerca de la Luna, robando un poco de su resplandor para envolver sus bordes en un halo plateado. Otras veces, rozaba el Sol al atardecer, encendiéndose en púrpura y naranja antes de desvanecerse suavemente en el crepúsculo.
Los humanos, desde la Tierra, la miraban con admiración. Los poetas le dedicaban versos, los enamorados la veían como un presagio, y los niños soñaban con atraparla para acurrucarse en su suave niebla. Pero Orionis era esquiva. Pertenecía al cielo, y solo el cielo decidía sus apariciones.
Una tarde de otoño, cuando las hojas se teñían de rojo y el viento susurraba secretos antiguos, Orionis descendió más bajo que nunca. Rozó las copas de los abetos más altos, dejó un rocío brillante en los techos de los pueblos dormidos, y a su paso, un rastro de pequeñas estrellas, caídas de sus lados como lágrimas de alegría.
Desde ese día, se dice que quienes vislumbran a Orionis en el cielo pueden pedir un deseo. No uno egoísta, no. Un deseo puro, un anhelo que hable de amor, valentía o belleza. Porque Orionis no existe solo para ser hermosa. Inspira.
Y tú, ¿has mirado alguna vez al cielo buscando algo más que lo ordinario? Quizás hayas encontrado su mirada…
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