La ciudad se extendía bajo un cielo tinto de negro, sus luces de neón parpadeaban como estrellas caídas. En un apartamento con paredes cubiertas de pósters descoloridos y grafitis mal hechos, cuatro sombras se preparaban. Chaquetas de cuero, gastadas por noches anteriores, se deslizaban sobre sus hombros como una segunda piel. Las cremalleras silbaban, sellando su pacto silencioso. Esa noche, la calle los esperaba, ansiosa y eléctrica.
El aire estaba espeso con ese aroma único: una mezcla de asfalto caliente, humo de puestos de comida y perfume barato. Bajaron por la escalera de caracol, sus pasos resonando como un tambor de guerra. La noche aún no había caído del todo, pero ya les pertenecía.
Las luces de los letreros parpadeaban, pintando sus rostros en tonos azules, rosas y verdes. Se movían como una manada, desprendidos y reales. Las risas estallaban, los chistes volaban, pero bajo la superficie, algo más profundo los unía: la certeza de que esa noche, nada podría detenerlos. Ni las miradas de reojo de los transeúntes apresurados, ni las sirenas lejanas, ni siquiera el cansancio del día siguiente.
El primer bar los engulló en una niebla de música y risas. Los vasos chocaban, los cuerpos se rozaban, y por un momento, el mundo no era más que un remolino de sensaciones. Bailaron, bebieron, vivieron como si no hubiera un mañana. La ciudad los observaba, cómplice, como si supiera que eran sus hijos más salvajes y libres.
Más tarde, cuando el amanecer comenzó a roer los bordes de la noche, se encontraron en un muelle desierto, con los pies colgando sobre el agua negra. Nadie hablaba. Nadie necesitaba hacerlo. Todos sabían que estas noches eran fugaces, preciosas, como estrellas fugaces atrapadas en la punta de los dedos antes de desaparecer.
Uno a uno, encendieron un cigarrillo, compartiendo la llama como compartían todo lo demás. El humo se elevaba en el aire frío, dibujando sueños que se evaporarían con el día. Pero no importaba. Esa noche habían sido invencibles. Esa noche, la ciudad había sido su reino.
Y mañana? Mañana se pondrían sus chaquetas de nuevo. Mañana, la noche los llamaría otra vez.
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