City Fall
El viento susurra entre las ramas como una melodía olvidada. Las hojas, doradas y cobrizas, bailan un vals lento antes de posarse en el suelo húmedo. El parque, antes verde y ruidoso con los niños, se ha envuelto en una suavidad melancólica. Los senderos, alfombrados con este tapiz dorado, crujen bajo los pasos de los caminantes solitarios, perdidos en sus pensamientos.
La mayoría de los bancos, ahora vacíos, aún guardan el calor de los cuerpos que se sentaron allí al mediodía. Las ardillas, apresuradas, entierran sus tesoros bajo las raíces de los viejos robles, mientras los cuervos, posados en los postes de luz, observan el mundo con un ojo sabio y oscuro. El aire huele a tierra mojada, hongos y madera que se prepara para su letargo invernal.
A lo lejos, cerca del estanque, los nenúfares se marchitan, sus pétalos se enroscan en el agua oscura. Un par de patos, indiferentes al cambio de estaciones, se deslizan en silencio, dejando atrás ondulaciones fugaces. Los árboles, gradualmente desnudos, extienden sus ramas hacia el cielo gris, como buscando una última caricia de luz.
El otoño no es triste; es simplemente pensativo. Invita a la contemplación, a los recuerdos de los veranos pasados y a la espera paciente de la renovación. Y en este parque, donde cada soplo de viento cuenta una historia, se comprende que la belleza también reside en lo que se desvanece.





























































