En el corazón de las Grandes Llanuras, donde el viento esculpe la alta hierba en olas doradas, un pesado silencio precedió al enfrentamiento. El sol, colgando bajo en el horizonte, bañaba la tierra en un resplandor cobrizo, como si la naturaleza misma contuviera la respiración. Era la hora en que las sombras se alargan, en que los límites entre la vida y la muerte se desdibujan.
Un bisonte, un gigante de hombros masivos y pelaje oscuro, pastaba pacíficamente cerca de un río de lento fluir. Sus ojos negros y profundos reflejaban una sabiduría ancestral, la de una criatura que había visto pasar siglos bajo sus pezuñas. Era el guardián de la tierra, símbolo de una fuerza serena pero indomable. De repente, un escalofrío recorrió el aire. Un olor acre y muscoso flotó en la brisa. El bisonte levantó la cabeza, las fosas nasales temblaban. Lo sabía. El grizzly estaba allí.
Emergiendo del bosque denso, el grizzly avanzó con pasos pesados, sus garras surcando la tierra blanda. Su pelaje, entrecano y marrón, se erizaba de una rabia contenida. El hambre lo carcomía, pero era más que eso: era instinto, la ley salvaje que lo impulsaba a dominar. Sus ojos ámbar se clavaron en el bisonte con una intensidad casi hipnótica. Rugió, un sonido gutural que resonó como un desafío al cielo.
El bisonte no retrocedió. Se volvió lentamente para enfrentar al depredador y golpeó el suelo con un casco. Una nube de polvo se alzó, una advertencia silenciosa. Los dos titanes se midieron, cada uno evaluando la fuerza del otro. Entonces, en un destello de pura violencia, el grizzly cargó.
El impacto fue terrible. El bisonte bajó los cuernos, golpeando al oso en pleno pecho. Un crujido siniestro resonó, como madera rompiéndose bajo el hielo. El grizzly rugió, sus patas delanteras golpeando el cuello del bisonte, intentando derribarlo. La tierra tembló bajo sus cuerpos forcejeantes, la hierba fue pisoteada, el río parecía estremecerse. El bisonte, a pesar del dolor, resistió. Sacudió la cabeza con fuerza titánica, lanzando al oso al suelo. Pero el grizzly, ágil a pesar de su tamaño, se levantó de nuevo. Sus colmillos chocaron, buscando un agarre mortal.
Los minutos se alargaron, cada segundo marcado por un gruñido, una respiración entrecortada, el crujir de huesos. El bisonte, con el costado sangrando, se negó a caer. El grizzly, con una pata herida, no cedía. Su batalla era una danza macabra, un vals donde cada paso podía ser el último.
Y entonces, tan repentinamente como había surgido la tormenta, amainó. El grizzly, exhausto, dio un paso atrás. El bisonte, tembloroso pero aún en pie, lo miró una última vez. No habría vencedor ese día. La naturaleza había hablado: la vida y la muerte no eran más que dos caras de una misma moneda, y ese día había decidido perdonarlos a ambos.
El grizzly se dio la vuelta y desapareció en el bosque como una sombra tragada por la noche. El bisonte, ahora solo, bajó la cabeza y bebió profundamente del río, como si quisiera lavar sus heridas en el agua fresca. A su alrededor, el silencio regresó, más pesado que antes, cargado del respeto mutuo de dos reyes que se habían reconocido.
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