Blue Sky
La noche cayó sobre la ciudad como un velo de seda, y las calles, una por una, se vistieron de azul. No era el azul frío del invierno ni el azul pálido de un cielo de verano, sino un azul profundo, casi vivo, como si la ciudad misma respirara bajo este tono misterioso. Las farolas, tímidas, encendieron sus llamas doradas, pero era el azul el que reinaba supremo. Se deslizaba sobre los muros de las casas antiguas, acariciaba los adoquines gastados por los siglos y envolvía las plazas desiertas en una suavidad melancólica.
Los habitantes, acostumbrados a este espectáculo, apenas alzaban la vista. Sin embargo, esa tarde, algo era diferente. El azul parecía más intenso, más presente, como si quisiera susurrarles un secreto olvidado. Las sombras bailaban al ritmo de una brisa suave, y las ventanas iluminadas dibujaban constelaciones fugaces en las fachadas. Era como si la ciudad, cansada de su gris cotidiano, hubiera decidido adornarse de sueños por una noche.
Un niño, demorándose cerca de la fuente central, extendió la mano hacia una gota de agua que brillaba azul. Creyó escuchar un susurro, una melodía lejana que hablaba de océanos y cielos infinitos. Su madre lo llamó, y corrió hacia ella, llevando en el corazón el eco de esta magia efímera.
A lo lejos, la catedral, guardiana silenciosa de siglos, se recortaba contra el cielo. Sus vitrales, normalmente oscuros, brillaban con un azul zafiro, como si los santos y ángeles que representaban hubieran elegido esta noche para velar por la ciudad. Las campanas, por una vez, no repicaron. No necesitaban voz: el azul hablaba por ellas.
Y luego, poco a poco, amaneció. La luz del día borró las huellas de esta noche encantada, y la ciudad recuperó sus colores habituales. Pero quienes lo habían visto, quienes habían escuchado, sabían que habían sido testigos de un momento raro, en el que la ciudad, vestida de azul, les había ofrecido un fragmento de poesía pura.





























































