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En las frías brumas de las montañas de Europa Central, donde los bosques se extienden como océanos verdes y los pueblos parecen suspendidos entre la tierra y el cielo, vivía un pastor alemán llamado Loki. Su amo, un anciano con un corazón tan robusto como los robles ancestrales, lo había criado desde cachorro. Compartían todo: los silencios del amanecer, los gritos de las aves de presa sobre los valles y ese vínculo sin palabras que solo nace entre un hombre y su perro.

Una mañana de otoño, mientras las hojas bailaban como llamas en el viento, el anciano desapareció. Nunca se encontró rastro de él, quizá arrastrado por los caprichos de un río desbordado o los secretos de los bosques profundos. Loki se negó a aceptar su ausencia. Olfateó cada sendero, cada piedra, cada árbol, como si pudiera sentir, en la corteza áspera o el aroma de la tierra húmeda, el paso de su amo. Las estaciones pasaron, indiferentes a su búsqueda. Las nieves del invierno le helaron las patas, las lluvias de primavera le enmarañaron el pelaje hasta los huesos y los soles del verano le quemaron su manto negro y fuego. Pero Loki no se detuvo.

Vagó por vastas extensiones, desde las llanuras doradas de Hungría hasta los picos escarpados de los Cárpatos, desde las calles empedradas de Praga hasta las orillas del Danubio, donde los reflejos del agua parecían susurrar promesas. Conmovidos por su determinación, los campesinos a veces le ofrecían un trozo de pan o refugio por la noche. Algunos afirmaban haberlo visto, años después, cerca de un viejo puente de madera, con el hocico alzado hacia el horizonte, como si aún esperara un silbido familiar.

Los años grabaron líneas alrededor de sus ojos y su paso se volvió más lento, pero su mirada siguió siendo tan aguda como el primer día. Había convertido su vida en una ofrenda de esperanza, cada paso una plegaria, cada jadeo un llamado silencioso. A veces, por la noche, cuando el viento soplaba entre las montañas, juraría uno escuchar un eco lejano, como un nombre susurrado a través de los tiempos.

Una tarde, mientras el cielo ardía en púrpura y oro, Loki se acostó al pie de un viejo roble, donde, décadas atrás, su amo había lanzado su primera pelota. Cerró los ojos y en el soplo del viento creyó reconocer una voz, una mano acariciando su frente. Quizás era solo el recuerdo meciéndolo, o quizá la respuesta a una lealtad que había trascendido el tiempo.

Cuando lo encontraron al día siguiente, su cuerpo yacía en paz, pero su hocico aún apuntaba hacia el este, donde, según la leyenda, las almas errantes finalmente se encuentran.

Berger Allemand

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